En entrevista con Trabajadores Rey Vicente Anglada revela cómo el béisbol, más allá del deporte, encarna identidad, ética y unidad en la vida y cultura cubana En entrevista con Trabajadores Rey Vicente Anglada revela cómo el béisbol, más allá del deporte, encarna identidad, ética y unidad en la vida y cultura cubana

Nos fascinan los profetas con fuego en el alma. Elegidos que se rebelan contra la natura de lo imposible sin poder escapar de un destino escrito, de un mundo hecho para pocos. Cuando brota uno, el pueblo lo sigue, incluso lo venera. En lo personal prefiero a los caudillos más terrenales. Los que en sus ojos llevan el relámpago dorado del no rendirse y bajo el brazo las cuartillas de una biografía humana e imperfecta en la que sangran sueños y desafían las trampas de la vida. Conociendo, que renacer de las cenizas es una virtud al alcance de los más osados. ¿No es cierto Rey Vicente Anglada?…
Estoy sentado frente a él, guiado por una curiosidad que hace años me persigue. El béisbol y un puñado de actitudes ante la vida han hecho que lo respete más. Es hora de cruzar ciertas fronteras. Alejado de formalismos y luego de estrechar su curtida mano le digo: La pelota tiene códigos no escritos, en una sociedad como la nuestra que vive momentos tan turbulentos ¿cómo ve la importancia de esos códigos de conducta mutuo?
“La vida tiene que transcurrir con ética y con respeto. Los jóvenes deben respetar a los mayores y viceversa. Eso se perdió. El béisbol enseña eso. En mi tiempo siempre queríamos imponernos, pero existían códigos inviolables. Si tenías muchas carreras arriba era imperdonable que tocaras la bola o que salieras al robo de bases. No te lo perdonaban, era como una burla. Puedes ganar, mas no desmoralices al rival. Hoy a veces, eso se olvida.
“Socialmente es igual. Veo a niños contestándoles a las personas mayores que da pena y a hijos que les hablan mal a sus padres. Cuando era chiquito y conversaban los adultos, no podía participar —destaca e inspira hondo sin alterarse—. Te lo inculcaban en la casa, no en la escuela, ¿entiendes? Porque el colegio te enseña y en la casa se educa. Eso ya no se ve”.
¿Ha vivido usted ejemplos de cómo la pelota puede ser un puente generacional, incluso entre diferencias culturales y sociales? Pregunto mientras me mira fijamente sin decir nada.
“Sí, claro, el deporte une. A veces depende de cómo uno lo quiera ver. Con todo lo que ha sucedido en ocasiones tú ves desunión entre los que estamos aquí y los que están fuera del país. Desgraciadamente nos han metido en la cabeza una separación que no debe existir —apunta y se lleva las manos a la cabeza cuestionándose cómo es posible—.
“Cuando se habla de béisbol dicen de que antes y después del 59. Es un error, la historia es una. La han formado todos los jugadores cubanos. La gente casi no recuerda a Orestes Miñoso. Hay que hacerlo y también a Martín Dihigo que no jugó Grandes Ligas, pero fue un Grandes Ligas, tenemos que acordarnos mucho de esos personajes. La sociedad los olvida”, certifica como si cada palabra dicha contenga una semilla de verdad.
“Si hablo de mi carrera deportiva no olvido a mis entrenadores, todos fueron profesionales. Eso se llama agradecimiento —señala mientras se encoge de hombros y menea la cabeza—. Heberto Blanco, Juan Delís, Orlando Leroux y Jesús Ayón.
“Me enseñaron cómo jugar y dirigirme a los demás, a respetar al público y al contrario. Desafortunadamente apenas se les recuerda.
“La primera vez que fui a los Estados Unidos al 50 aniversario del equipo Industriales, que por cierto no quisieron hacerlo en Cuba, algunos acá hicieron hincapié para que no fuéramos a ese intercambio. Al llegar no pudimos jugar en Miami, decían que éramos comunistas, tuvimos que ir a Fort Lauderdale —puntea esculpiendo un singular gesto con la nariz y la boca algo arrugada—. Te das cuenta del desacuerdo de ambas partes. Nosotros en el medio lo único que queríamos era compartir con aquellos que jugaron con nosotros. Al béisbol no puedes meterlo en ideologías. Los que lo practicamos merecemos respeto…”.
El deporte puede ser una poderosa herramienta de transformación, inquiero y juro que sus ojos dejan sin custodia la oscuridad de ciertas vivencias. Para alguien que vivió la lamentable experiencia de estar privado de libertad ¿qué puede significar la pelota en ese estado más allá de una distracción? ¿Una libertad simbólica?
“Cuando a nosotros nos pasó lo que nos pasó detestaba el béisbol —expone y se da un pequeño mordisco en el labio como probando el amargo sabor de lo expresado—. No quería verlo, ni oírlo. No leía la prensa. Después que salimos de ese problema no iba al estadio. Cuando mi hijo empezó a practicarlo no quería que lo hiciera por lo que nos había pasado”.
En ese lugar donde la autoestima y la esperanza pueden ser fracturadas, prosigo curioso, sin que mi lengua avive el dolor, ¿cómo cree que la pelota con sus roles de superación, puede ayudar a reconstruir la identidad y el propósito de alguien en la vida?
“Bueno, dentro de la prisión nos prohibieron jugar y tampoco podíamos verla, sin embargo, para otras personas era un aliciente—prosigue y deja que su vista vague por recuerdos en los que la esperanza era un oasis lejano—. Entretiene, te saca de ese submundo. Sinceramente nos ayudó, porque los reclusos nos veían como peloteros, no como otra cosa. Nos respetaban —inscribe y sus ojos brillan como una antorcha que iluminan esa lejana oscuridad—. La prisión es un lugar maldito, aun así hicimos amistad con gente que hoy nos llama y nos visita”, certifica con tono reflexivo y seguro…
“Mira, el béisbol es identidad del cubano y patrimonio nacional. Con todos los problemas que tenemos dejamos un espacio para él. Quizás la calidad haya mermado, sin embargo, siempre está ahí. Hablar de Cuba es hablar de pelota. Nos conocen en el mundo por varias cosas, entre ellas el béisbol”.
¿Pudo jugar Anglada en Grandes Ligas? Indago como el ferviente devoto que espera una señal a sus plegarias.
“Bueno, eso no se dio —dispara y me devuelve a la realidad—. Si te comparas con otros y recuerdas como jugaste sí. Muchos de los que hacíamos en el equipo Cuba y otros que no, pudimos estar en ese nivel…”.
¿La vida pasa y sus dolores pesan? ¿O la vida pesa y sus dolores pasan? No lo sé. Entonces anclo mi interrogante sin dudas ¿por qué decidió quedarse y no irse?
“Chico, te voy a decir, siempre estuve consciente de cómo era el profesionalismo. Representaba a mi país. Hubiera querido que fuera como ahora, que jugando fuera puedes estar en la selección nacional. Por problemas políticos no podíamos firmar.
“Además, soy único hijo. Cada vez que iba a salir a un torneo lo primero que me decía mi madre era, ¡no te vayas a quedar!, ¿entiendes? Si daba ese salto, perdía mucho —afirma y el amor más familiar se le tatúa en el rostro del alma—.
“Algunos se han metido más de 30 años sin poder regresar aquí. Otros tuvieron que ver a sus padres en otros países. No tenía valor para hacer eso. Preferí ser hijo antes de pelotero. Nada está por delante de la familia”, acentúa con un aroma de ternura infinita en los suyos.
“Lo que está claro es que nunca le negué la amistad a los que se fueron de aquí —dice como trazando con mano firme su fiel postura—. Jamás en la vida. Me importaba un bledo los que criticaran. Mis amigos siguen siendo mis amigos. Demostraron que lo son y por tanto y demás, eso jamás lo borro”, legitima desafiando esas obtusas hogueras mentales, que intentan calcinar la más firme lealtad.
“¿El mejor pelotero que he visto? —registra recordando de golpe un tema lejano—. ¡Me la pusiste difícil! ¡Son tantos! Omar Linares, Armando Capiró, Luis Giraldo Casanova y Yulieski Gurriel —comenta entrecerrando los ojos, como si tratara de hacer memoria—. ¿Pícheres? Braudilio Vinent era un salvaje y Juan Pérez Pérez otro animal. ¡Ah! y Pedro Luis Lazo ha sido un fenómeno.
“El béisbol debe ser un espacio de unidad. Podemos pensar de varias maneras, pero este deporte nos une. Hay quien espera que el equipo Cuba pierda, porque dice que representa al gobierno. Lo veo de otra manera. Deseo que los cubanos ganemos siempre. Me encanta que triunfen en las Grandes Ligas, me siento parte de eso.
“Cuando digo béisbol hablo de cultura. A nosotros nos conocen entre otras cosas por los Van Van, Habana D΄Primera y por Celia Cruz. No podemos apartar eso. ¿Te imaginas? —indica y su caligrafía verbal se acelera con una cubanía humilde y transparente—. La pelota es un pilar de nuestra identidad”.
¿Cuál es la lección más profunda que le ha dejado este deporte como ser humano y como hombre? Curioseo casi despidiéndonos.
“La gente me identifica por el béisbol. Es lo mejor que me pasó. Quisiera que recordaran a la persona que soy. Que sepan que he sido buen hijo, buen esposo y buen padre, además de buen amigo. De todas maneras, cuando uno vaya para el más allá, solo dejará lo que sembró en los suyos”.
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