Lo que la guerra nos quita

El testimonio de Atanasio Suárez Rodríguez, Chacho, revive los horrores de Girón y reafirma, a sus 94 años, su inquebrantable compromiso con la Revolución y la defensa de la patria El testimonio de Atanasio Suárez Rodríguez, Chacho, revive los horrores de Girón y reafirma, a sus 94 años, su inquebrantable compromiso con la Revolución y la defensa de la patria  

Chacho sigue vinculado a sus tareas en la Asociación de Combatientes en Jagüey Grande, porque “un buen luchador nunca abandona…”. Foto: Noryis

Matanzas.— Todavía, en algunas madrugadas, Ata­nasio Suárez Rodríguez, Chacho, ve los cuerpos quemados por las bombas de napalm lanzadas en la Ciénaga de Zapata, y su estremecimiento, confiesa, es el mismo, no envejece. Intenta quedarse dormido, y de nuevo, las imágenes de cadáveres que sus brazos cargaron, de heridos, o mu­tilados.

Son recuerdos de Girón anclados en su memoria. “Vi la cara de la guerra… Cuando escucho pedir in­vasiones para nuestro país, me digo, esa gente está loca… Pocas cosas en la vida dejan tan marcadas a las personas como los conflictos armados. Sus trágicas consecuencias las sufren en carne propia sol­dados y civiles”.

A Chacho le siguen per­turbando esos horrores… Lo vivido en las jornadas de abril de 1961, “por culpa del Gobierno de los Estados Unidos, de ese imperialis­mo”…, es una estampa que le gustaría fuera solo cosa de su cabeza, que de ahí no saliera. A pesar de la épica victoria, “más nunca debe­ríamos vivir algo así…

“No es cuestión de co­bardía ni nada de eso. So­mos un pueblo de paz, pero también nos sobra el cora­je. Lo hemos demostrado”.

Quizás por ello no titu­beó cuando estando en To­rriente, poblado de su natal Jagüey Grande, se enteró de la invasión mercenaria. Se puso de pie, besó a la no­via y salió al encuentro de su Batallón 225.

El carpintero de 27 años poseía ya cierta expe­riencia en la lucha contra bandidos, y un “espíritu de guapear” inculcado por su madre. Con esa disposi­ción se las ingenió para lle­gar por sus medios lo más pronto posible a reunirse con sus compañeros. No le dio tiempo. Ya su tropa se había marchado y hasta el fusil había pasado a otras manos. “No me amilané. Salí corriendo con un fusi­lito de medio palo que en­contré y en una gasolinera vi a uno echando combus­tible, le pregunté… Me dejó en Boca de Guamá, donde estaba el batallón”.

Narra que a él y a otro les asignaron ocuparse del abastecimiento de ropa, alimentos, agua, provisio­nes… Le hubiera gustado ir al fragor del combate, pero aquella no era una misión menor.

“Debíamos vencer tra­yectos complicados para las entregas o recogidas de los heridos, de los cadáve­res. Era una marcha muy cuidadosa… Apagábamos las luces, retrocedíamos…”.

Chacho no sabe con exactitud de dónde sacó aliento para sobreponerse a la metralla de la aviación. “El Escambray fue otra cosa, algo así como la lucha de guerrillas. Ahora bien, nunca había vivido un bom­bardeo tan intenso como el del trayecto de Australia hacia Playa Larga; no había dónde refugiarse.

“Era un verdadero sui­cidio caminar por la ca­rretera y ni siquiera en la cuneta había cómo prote­gerse. Estábamos por com­pleto vulnerables al ata­que aéreo. En un primer momento nos engañaron… Llevaban banderas con la insignia cubana… Juro que sentí miedo…

“Después de aquel temor inicial, y sin apenas darme cuenta, me volví un monstruo y fui pa’lante todo el tiempo… Ya no pensa­ba en el peligro, en la muerte, aunque el olor a car­ne quemada por la me­tralla y el sol, me des­garró las entrañas.

“Fue duro saber que trasla­dé o ayudé a enterrar a algunos de los más de 170 combatientes caídos… Duele la pérdida de com­pañeros, sobre todo de al­gunos muy cercanos como Iluminado Rodríguez y Antero Fernández Vargas, este último nos hizo mili­cianos en Jagüey Grande”, cuenta con tristeza.

“La guerra quita fa­milia, amigos, la vida…, y también prueba, como su­cedió en Girón, la determi­nación, el arrojo por defen­der la Revolución frente al poderío de las armas de los mercenarios. Se demostró que la moral de un pueblo es más importante que los plomos y las balas. Repito, ojalá no volvieran a inva­dirnos, y si sucediera, como hace 65 años, el ejemplo de Fidel Castro nos volvería a guiar hacia otra victoria”.

A menos de un mes de cumplir 94 años, Chacho invoca un tiempo más de existencia, no por él, ni por vanidad. Me mira desafian­te y suelta un deseo: “Se­guir haciendo por la Re­volución. Me digo: si Fidel nunca se detuvo, yo tampo­co voy a parar”.

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