Renacer de las cenizas: una virtud de los más osados

En entrevista con Trabajadores Rey Vicente Anglada revela cómo el béisbol, más allá del deporte, encarna identidad, ética y unidad en la vida y cultura cubana En entrevista con Trabajadores Rey Vicente Anglada revela cómo el béisbol, más allá del deporte, encarna identidad, ética y unidad en la vida y cultura cubana  

Foto: Daniel Martínez

Nos fascinan los pro­fetas con fuego en el alma. Elegidos que se rebelan contra la natura de lo imposible sin poder escapar de un destino escrito, de un mun­do hecho para pocos. Cuando bro­ta uno, el pueblo lo sigue, incluso lo venera. En lo personal prefiero a los caudillos más terrenales. Los que en sus ojos llevan el relámpa­go dorado del no rendirse y bajo el brazo las cuartillas de una bio­grafía humana e imperfecta en la que sangran sueños y desafían las trampas de la vida. Conociendo, que renacer de las cenizas es una virtud al alcance de los más osa­dos. ¿No es cierto Rey Vicente An­glada?…

Estoy sentado frente a él, guiado por una curiosidad que hace años me persigue. El béis­bol y un puñado de actitudes ante la vida han hecho que lo respete más. Es hora de cruzar ciertas fronteras. Alejado de formalis­mos y luego de estrechar su curti­da mano le digo: La pelota tiene códigos no escritos, en una socie­dad como la nuestra que vive mo­mentos tan turbulentos ¿cómo ve la importancia de esos códigos de conducta mutuo?

“La vida tiene que transcurrir con ética y con respeto. Los jóve­nes deben respetar a los mayores y viceversa. Eso se perdió. El béisbol enseña eso. En mi tiempo siempre queríamos imponernos, pero exis­tían códigos inviolables. Si tenías muchas carreras arriba era imper­donable que tocaras la bola o que salieras al robo de bases. No te lo perdonaban, era como una burla. Puedes ganar, mas no desmorali­ces al rival. Hoy a veces, eso se olvida.

“Socialmente es igual. Veo a niños contestándo­les a las personas mayo­res que da pena y a hi­jos que les hablan mal a sus padres. Cuando era chiquito y conver­saban los adultos, no podía participar —des­taca e inspira hondo sin alterarse—. Te lo incul­caban en la casa, no en la escuela, ¿entiendes? Por­que el colegio te enseña y en la casa se educa. Eso ya no se ve”.

¿Ha vivido usted ejem­plos de cómo la pelota puede ser un puente generacional, incluso entre diferencias cul­turales y sociales? Pregunto mientras me mira fijamente sin decir nada.

“Sí, claro, el deporte une. A veces depende de cómo uno lo quiera ver. Con todo lo que ha sucedido en ocasiones tú ves des­unión entre los que estamos aquí y los que están fuera del país. Des­graciadamente nos han metido en la cabeza una separación que no debe existir —apunta y se lleva las manos a la cabeza cuestionándose cómo es posible—.

“Cuando se habla de béisbol dicen de que antes y después del 59. Es un error, la historia es una. La han formado todos los jugado­res cubanos. La gente casi no re­cuerda a Orestes Miñoso. Hay que hacerlo y también a Martín Dihigo que no jugó Grandes Ligas, pero fue un Grandes Ligas, tenemos que acordarnos mucho de esos perso­najes. La sociedad los olvida”, cer­tifica como si cada palabra dicha contenga una semilla de verdad.

“Si hablo de mi carrera depor­tiva no olvido a mis entrenadores, todos fueron profesionales. Eso se llama agradecimiento —señala mientras se encoge de hombros y menea la cabeza—. Heberto Blan­co, Juan Delís, Orlando Leroux y Jesús Ayón.

“Me enseñaron cómo jugar y dirigirme a los demás, a respetar al público y al contrario. Desafortu­nadamente apenas se les recuerda.

“La primera vez que fui a los Estados Unidos al 50 aniversa­rio del equipo Industriales, que por cierto no quisieron hacerlo en Cuba, algunos acá hicieron hin­capié para que no fuéramos a ese intercambio. Al llegar no pudimos jugar en Miami, decían que éra­mos comunistas, tuvimos que ir a Fort Lauderdale —puntea escul­piendo un singular gesto con la nariz y la boca algo arrugada—. Te das cuenta del desacuerdo de am­bas partes. Nosotros en el medio lo único que queríamos era com­partir con aquellos que jugaron con nosotros. Al béisbol no puedes meterlo en ideologías. Los que lo practicamos merecemos respeto…”.

El deporte puede ser una pode­rosa herramienta de transforma­ción, inquiero y juro que sus ojos dejan sin custodia la oscuridad de ciertas vivencias. Para alguien que vivió la lamentable experiencia de estar privado de libertad ¿qué pue­de significar la pelota en ese estado más allá de una distracción? ¿Una libertad simbólica?

“Cuando a nosotros nos pasó lo que nos pasó detestaba el béisbol —expone y se da un pequeño mor­disco en el labio como probando el amargo sabor de lo expresado—. No quería verlo, ni oírlo. No leía la prensa. Después que salimos de ese problema no iba al estadio. Cuando mi hijo empezó a practi­carlo no quería que lo hiciera por lo que nos había pasado”.

En ese lugar donde la autoesti­ma y la esperanza pueden ser frac­turadas, prosigo curioso, sin que mi lengua avive el dolor, ¿cómo cree que la pelota con sus roles de superación, puede ayudar a re­construir la identidad y el propósi­to de alguien en la vida?

“Bueno, dentro de la prisión nos prohibieron jugar y tampoco podíamos verla, sin embargo, para otras personas era un aliciente—prosigue y deja que su vista va­gue por recuerdos en los que la es­peranza era un oasis lejano—. En­tretiene, te saca de ese submundo. Sinceramente nos ayudó, porque los reclusos nos veían como pelote­ros, no como otra cosa. Nos respe­taban —inscribe y sus ojos brillan como una antorcha que iluminan esa lejana oscuridad—. La prisión es un lugar maldito, aun así hici­mos amistad con gente que hoy nos llama y nos visita”, certifica con tono reflexivo y seguro…

“Mira, el béisbol es identidad del cubano y patrimonio nacio­nal. Con todos los problemas que tenemos dejamos un espacio para él. Quizás la calidad haya mer­mado, sin embargo, siempre está ahí. Hablar de Cuba es hablar de pelota. Nos conocen en el mun­do por varias cosas, entre ellas el béisbol”.

¿Pudo jugar Anglada en Gran­des Ligas? Indago como el fervien­te devoto que espera una señal a sus plegarias.

“Bueno, eso no se dio —dispa­ra y me devuelve a la realidad—. Si te comparas con otros y recuer­das como jugaste sí. Muchos de los que hacíamos en el equipo Cuba y otros que no, pudimos estar en ese nivel…”.

¿La vida pasa y sus dolores pe­san? ¿O la vida pesa y sus dolores pasan? No lo sé. Entonces anclo mi interrogante sin dudas ¿por qué decidió quedarse y no irse?

“Chico, te voy a decir, siempre estuve consciente de cómo era el profesionalismo. Representaba a mi país. Hubiera querido que fue­ra como ahora, que jugando fuera puedes estar en la selección na­cional. Por problemas políticos no podíamos firmar.

“Además, soy único hijo. Cada vez que iba a salir a un torneo lo primero que me decía mi madre era, ¡no te vayas a quedar!, ¿en­tiendes? Si daba ese salto, perdía mucho —afirma y el amor más fa­miliar se le tatúa en el rostro del alma—.

“Algunos se han metido más de 30 años sin poder regresar aquí. Otros tuvieron que ver a sus padres en otros países. No tenía valor para hacer eso. Preferí ser hijo antes de pelotero. Nada está por delante de la familia”, acen­túa con un aroma de ternura infi­nita en los suyos.

“Lo que está claro es que nun­ca le negué la amistad a los que se fueron de aquí —dice como trazan­do con mano firme su fiel postu­ra—. Jamás en la vida. Me impor­taba un bledo los que criticaran. Mis amigos siguen siendo mis ami­gos. Demostraron que lo son y por tanto y demás, eso jamás lo borro”, legitima desafiando esas obtusas hogueras mentales, que intentan calcinar la más firme lealtad.

“¿El mejor pelotero que he vis­to? —registra recordando de golpe un tema lejano—. ¡Me la pusiste difícil! ¡Son tantos! Omar Lina­res, Armando Capiró, Luis Giral­do Casanova y Yulieski Gurriel —comenta entrecerrando los ojos, como si tratara de hacer memo­ria—. ¿Pícheres? Braudilio Vinent era un salvaje y Juan Pérez Pérez otro animal. ¡Ah! y Pedro Luis Lazo ha sido un fenómeno.

“El béisbol debe ser un espa­cio de unidad. Podemos pensar de varias maneras, pero este deporte nos une. Hay quien espera que el equipo Cuba pierda, porque dice que representa al gobierno. Lo veo de otra manera. Deseo que los cubanos ganemos siempre. Me en­canta que triunfen en las Grandes Ligas, me siento parte de eso.

“Cuando digo béisbol hablo de cultura. A nosotros nos conocen entre otras cosas por los Van Van, Habana D΄Primera y por Celia Cruz. No podemos apartar eso. ¿Te imaginas? —indica y su caligrafía verbal se acelera con una cubanía humilde y transparente—. La pelo­ta es un pilar de nuestra identidad”.

¿Cuál es la lección más profun­da que le ha dejado este deporte como ser humano y como hombre? Curioseo casi despidiéndonos.

“La gente me identifica por el béisbol. Es lo mejor que me pasó. Quisiera que recordaran a la per­sona que soy. Que sepan que he sido buen hijo, buen esposo y buen padre, además de buen amigo. De todas maneras, cuando uno vaya para el más allá, solo dejará lo que sembró en los suyos”.

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